Martes 1 de Noviembre

 

 

Ustedes, en efecto, han experimentado la tristeza que proviene de Dios, de manera que nosotros no les hemos hecho ningún daño. Esa tristeza produce un arrepentimiento que lleva a la salvación y no se debe lamentar.
2 Corintios 7,9-10

Pablo ha sufrido por consecuencia de algunos que, cuestionando su persona y sus enseñanzas, buscaban desprestigiarlo. Los de Corinto conocían al apóstol, sin embargo escucharon a sus detractores y no pocos dudaron de él siguiendo a los que querían destruirlo. Pasado un tiempo, ellos recapacitan y reconocen el error en el que habían caído. Pablo no habla de culpa, eso que usamos nosotros con tanta frecuencia. Él señala otro sentimiento: la tristeza. Este sentimiento tiene en los corintios dos vertientes. Haber dudado de Pablo y el consiguiente temor a perder su amistad y, por otro lado, el haber caído en el engaño de los detractores de Pablo. Pero no quedan sumidos en este sentimiento, sino que hacen algo en el camino de la reparación, de la reconciliación. Envían a Tito al encuentro de Pablo; esto lo colma de alegría. Hay una tristeza que viene de Dios, dice Pablo. Ella es fruto del sinceramiento profundo del individuo o del grupo, que es capaz de reconocer el valor de lo perdido y el error en que se ha caído. Este sinceramiento es el punto de partida para sanar las relaciones rotas, para reconocer las equivocaciones o engaños en que se ha caído y reencausar todo en pos de la reparación y la salud personal y grupal; es camino de salvación. Reconocer lo perdido, por lo que se llora, es sabernos necesitados del amor y la amistad del otro. Reconocer los errores es sabernos vulnerables, pasibles de engaños y equivocaciones; pero no como culpa, sino como una condición imperfecta que nos hace orar cada día: No nos dejes caer en tentación.

Atilio Hunzicker

2 Corintios 7, 2-16