Domingo 18 de agosto

 

10º domingo después de Pentecostés, 17º en el año

Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan.

Lucas 11,13

No te ofendas, esas primeras palabras van para ti y para mí; Jesús no es un adulador, no nos quiere retener diciéndonos lo que no somos. Somos pecadores, y lo seremos hasta la muerte; somos egoístas; injus-tos en nuestros juicios; orgullosos e impiadosos. Sin embargo, reconoce Jesús que cuando amamos somos capaces de dar cosas buenas.

Los discípulos piden que él les enseñe a orar. Necesitan aprender a hablar con el Padre con confianza, con las palabras justas, sin que falte ni que sobre nada. Jesús les enseña el Padre Nuestro. La oración está, pero ¿qué falta?

Falta la confianza del orante. El poder de la oración reside en la confianza, en la certidumbre de quien ora. No oramos porque hay que hacerlo, no oramos por las dudas; oramos porque estamos plenamente confiados en que Dios escucha y responde. Y esa certeza la brinda el mismo Espíritu de Dios que viene a nosotros. Podemos tener las igle-sias más numerosas, con los templos más bellos, con las publicacio-nes más atractivas; pero sin el Espíritu Santo no dejará de ser más que una exitosa organización religiosa.

Para encausar nuestra fe y poder recibir el Espíritu Santo debemos lograr acercarnos al Padre Dios. Él es un Padre totalmente diferente a lo que podemos ser nosotros; un padre que recibe amorosamente al que se había ido de la casa, un padre que no guarda rencor, un padre que sana, un padre que nos sienta a su mesa. Un Padre que envió a su Hijo Jesús, para que con su muerte y resurrección se nos abra la puerta de la eternidad. Ese es el Padre eterno que responde a nuestra confiada oración y nos da su Espíritu Santo. Amén.

Atilio Hunzicker

Salmo 138,1-3.6-8; Génesis 18,16-33; Colosenses 2,12-14, Lucas 11,1-13; Agenda Evangélica: Filipenses 3,7-11 (12-14)