Domingo 25 de diciembre

 

 

Hoy les ha nacido en el pueblo de David un salvador, que es el Mesías, el Señor. Como señal, encontrarán ustedes al niño envuelto en pañales y acostado en un establo. Lucas 2,11-12

En la historia de la humanidad pocas veces se ha visto una señal tan extraña. Es como publicitar un auto de lujo, Ferrari o Porsche, e indicarlo con un monopatín. Resulta contradictorio y bordea el absurdo. En nuestro mundo (y también en aquel de José y María) los personajes encumbrados nunca van al baño, pareciera que nunca necesitan hacer popó y pipí. ¡Dios hecho ser humano, sí! El salvador, el Mesías, el Señor, ¡sí!

Esta tensión entre los títulos rimbombantes y la señal deben ser para nosotros lo que fueron en aquel tiempo: ¡un escándalo!

En el Antiguo Testamento las señales que revelan la presencia de Dios son grandilocuentes. Rayos, truenos, tronos, ornamento celestial, eventos terribles y cataclismos, ésas son las señales de la presencia divina. Aquí, pañales y el humilde establo.

Con esto, el evangelista ha querido enseñarnos algo maravilloso: Dios es como uno de nosotros. Si él no necesita toda la parafernalia del poder y el terror para imponerse, menos lo necesitamos nosotros. Él escoge el camino inverso, el de la humildad, el amor a los más pequeños y sufridos, la solidaridad con los más desafortunados, o empobrecidos, o desplazados, o perseguidos… y la lista puede seguir.

Lo horrendo de nuestro mundo, año 2016, es que vivimos exactamente al revés de la propuesta de Dios. Vivimos deseando el poder, el dinero, el consumo suntuoso, el Porsche y despreciamos al pequeño, al que no tiene otra señal que un pañal.

Carlos A. Duarte

Lucas 2,1-14