Domingo 28 de mayo

 

 

7°  domingo de Pascua, Exaudi

Levántese Dios, sean esparcidos sus enemigos.

Salmo 68,1

Al principio de este salmo, se testimonia el triunfo indiscutido de Dios sobre sus enemigos.

Israel, a lo largo de su historia con Dios, innumerables veces ha sido testigo del poder de Dios. Por ejemplo, cuando salieron de Egipto y cruzaron el Mar Rojo, los 40 años en el desierto y finalmente la victoria sobre los reinados de Canaán y su ingreso a la tierra prometida. 

Montes y montañas eran, en aquellas épocas, símbolos de mucho poder y grandeza. Para Israel resaltan especialmente dos. El Monte Sinaí, donde Dios llama a su pueblo y le da su Ley, y el Monte Sión, donde Dios habitaba entre ellos.

Sin embargo, para nosotros los cristianos, la colina más significativa es la del Gólgota, donde Jesús dio su vida para salvación de muchos, con lo que abrió el camino hacia la vida eterna. 

Nuestro versículo nos dice: sean esparcidos sus enemigos… No se trata sólo de enemigos visibles físicamente, como ejércitos que podrían atacar al pueblo de Israel. Si nos ubicamos en nuestros días, son muchos los enemigos de Dios en este mundo. Como en aquella época, no sólo existe la lucha de poderes de nación contra nación, sino también esos enemigos que se meten en nuestras casas, en nuestras mentes: ambiciones desmesuradas, envidias, celos, mezquindades, por nombrar algunas… y hay muchos más.

El Salmo, especialmente el versículo 10, da una esperanza, nos invita a cantar con alegría y agradecimiento por su ayuda: Por  tu bondad, oh Dios, has provisto al pobre. Si se lo pedimos sinceramente y de todo corazón, el Señor esparcirá nuestros enemigos, que son los suyos también, y se hará presente en nuestras vidas.

Luisa Krug

Salmo 68,1-10.32-35; Hechos 1,6-14; 1 Pedro 4,12-14; 5,6-11; Juan 17,1-11a; Agenda Evangélica: Juan 7,37–39