Jueves 11 de octubre

 

Cristo nos ama, y nos ha librado de nuestros pecados derramando su sangre, y ha hecho de nosotros un reino; nos ha hecho sacerdotes al servicio de su Dios y Padre. ¡Que la gloria y el poder sean suyos para siempre! Amén.

Apocalipsis 1,5-6

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El amor de Cristo, el amor de Dios por cada una de sus criaturas, nos da señales y guía nuestros caminos sintiendo la gracia y su presencia. En ella nos animamos a trabajar sabiendo que es a favor de su reino que se ha propuesto como anticipo en medio de nosotros por el nuevo pacto realizado en cuerpo y sangre del mismo Cristo.

Y nos llama sacerdotes al servicio de Dios, anunciadores de la palabra y servidores para manifestar la gloria de Dios en nuestro contexto, como anticipo de justicia y verdad.

Referirnos al amor de Dios por nosotros es tener como eje mi condición de amor hacia los demás, recordando el mandato de Cristo de “amarnos los unos a los otros, así como Dios nos amó primero”. No soy yo el referente de amor hacia los demás, ni tendré condiciones, ni persigo interés en amar al prójimo, simplemente lo hago porque me entiendo en primer lugar amado por Dios. 

Y él me pone como su testigo, testigo de la luz, haciéndome sacerdote al servicio de la manifestación de solidaridad, compromiso, amor, búsqueda de verdad y dignidad para quienes en nuestro mundo sufren, simplemente por el amor primero de Dios hacia mi vida.

En la búsqueda de vivir plenamente su reino, al cual en cada oración pido que venga a nosotros, en el anhelo de un mundo de paz y justica social, hermanados en una construcción solidaria de igualdad y dignidad para todos, para todas.

Carlos Kozel

Apocalipsis 1,1-8