Jueves 23 de mayo

 

¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿Y no viven sus hermanas también aquí, entre nosotros? Y no tenían fe en él. Pero Jesús les dijo: En todas partes se honra a un profeta, menos en su propia tierra, entre sus parientes y en su propia casa.

Marcos 6,3-4

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Jesús, acompañado por sus discípulos y por una multitud, regresa a su patria a predicar y sanar, y en lugar de ser recibido con alegría, escucha preguntas fruto del sarcasmo y de la desconfianza.

Esta actitud contrasta con lo bien recibida que es su predicación y milagros entre gente desconocida, que lo proclaman una y otra vez como maestro y sanador.

Las mismas acciones, enseñar y sanar, son realizadas por Jesús entre los que lo conocen y le han seguido, y entre desconocidos. El hecho de ser rechazado por sus parientes y paisanos, nos ayuda a entender la fuerza que tienen las palabras de Jesús en las cuales afirma que quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre (3,35).

En el rechazo de parte de sus parientes y discípulos, el evangelio refuerza la creación de una familia nueva en torno al cumplimiento de la voluntad de Dios. Y en esa disposición de cumplir la voluntad de Dios, la fe permite a desconocidos y extraños crear una nueva forma de relación social, en la cual los objetivos e intereses comunitarios se orienten en beneficio de otros.

¿No estamos necesitando una vez más de Jesús para redescubrir la sabiduría y el arte de vivir de manera más humana? Hoy se desprecia la sabiduría del profeta de Galilea, como lo hicieron sus propios vecinos. Sin embargo, ¿no será ésa precisamente la sabiduría que andamos necesitando?

Pidamos a Dios tener siempre presente que la nueva humanidad re-quiere de hermanos y hermanas que sepan reconocerse unos a otros, en tanto luchen día a día por hacer realidad proyectos comunes que giren en torno a la construcción del reino de Dios.

Mario Bernhardt

Marcos 6,3-4; 2 Samuel 18,1-18