Jueves 30 de agosto

 

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Este testimonio es que Dios nos ha dado vida eterna, y que esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo de Dios, tiene también esta vida; pero el que no tiene al Hijo de Dios, no la tiene.

1 Juan 5,11-12

Seguramente alguna vez escuchamos la famosa frase: “Todos los caminos conducen a Roma.” Esta expresión corresponde a la época del imperio romano en la cual se construyeron alrededor de setenta mil kilómetros de rutas que unían a las provincias más alejadas con la capital imperial.

Haciendo un paralelo, muchas personas afirman que así también todos o muchos son los caminos que conducen a Dios.

Jesús afirma: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre, sino por mí.” (Juan 14,6)

El autor de la carta de Juan da testimonio de que Jesús, el Hijo de Dios, es el único que nos puede unir a Dios y nos puede dar la vida eterna, la vida idéntica a la de Dios.

Tanto Jesús en el evangelio de Juan, como también el apóstol en su carta, cuando se refieren a la vida eterna lo hacen como una experiencia presente y no recién futura.

Con frecuencia pensamos que la vida eterna es una promesa para después de la muerte. Sin embargo Dios nos regala esa vida ya aquí y ahora, a todas las personas que creemos en Jesús y reconocemos que él, quien murió y resucitó, es el Hijo de Dios, nuestro Redentor y Salvador.

Y por eso en esta certeza encontramos consuelo y esperanza frente a la muerte, pero también aliento y fortaleza para nuestra tarea de testimonio y servicio en este mundo. Si vivimos en comunión con Jesucristo en esta vida, sabemos que también estaremos con él más allá del tiempo presente.

Nuestro fin es el comienzo, nuestro tiempo, infinidad. En la duda hay fe latente, en vivir, eternidad. Al morir resucitamos, victoriosos al final ¿Cuándo y dónde? No sabemos: sólo Dios nos lo dirá. (Canto y Fe Nº 220)

Bernardo Raúl Spretz

1 Juan 5,6-12 

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