Lunes 10 de febrero

 

Pues el que era esclavo cuando fue llamado a la fe, ahora es un hombre libre al servicio del Señor; y, de la misma manera, el que era hombre libre cuando fue llamado, ahora es esclavo de Cristo.

1 Corintios 7,22 El drama de la esclavitud perduró a lo largo de los siglos a pesar

de los progresos en la legislación en la mayoría de los países del mundo. Tomó la forma de trata de personas, trabajo infantil, machismo opresivo y confinamiento en pequeñas jaulas y hacinamiento en criaderos de miles de millones de animales (más que la población humana). Por otro lado, ¿quién es realmente libre? Todos somos esclavos debido a las circunstancias que nos imponen las restricciones o las responsabilidades. Por supuesto nos limita también nuestro frágil cuerpo y nuestra acotada mente. ¿Quién puede decir que el tiempo no lo esclaviza o que siente que tiene toda la libertad de realizar su capacidad creadora? El versículo de la primera carta del apóstol Pablo a los Corintios resulta alentador ante el sombrío panorama de la esclavitud. Indica que  si  nos  sentimos esclavos, la fe nos puede hacer libres. Esto ocurre en la práctica. Mientras cumplíamos con el servicio militar y esperábamos con impaciencia la noticia de un día franco, ocurría que pensar en la noticia de que tenemos un Salvador era un consuelo real. Por otro lado, el versículo dice que si nos sentimos más libres, tenemos que adoptar la mejor de las esclavitudes, la de ser siervo de Cristo, lo  cual a  su vez seguramente nos guiará para ayudar a quienes son más trágicamente esclavos.

Tomás Tetzlaff

1 Corintios 7,17-24

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