Lunes 10 de junio

 

En mi angustia llamé al Señor; él me escuchó y me dio libertad.

Salmo 118,5

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Hace ya un año que nuestro hijo mayor terminó su carrera de en-fermería, tomó su mochila, y está recorriendo Sudamérica. Gracias a Dios, en el verano de 2018, tuvimos la oportunidad de visitarlo a él, y a quien es su compañera de camino y de vida, desde su paso por Salta.

Unos días antes de nuestro viaje, perdimos contacto con ellos, ya que estaban en un lugar en el que no había señal de telefonía celular. Acostumbrado a una comunicación casi diaria, y sin tener la certeza de dónde se encontraban, empecé a sentir una angustia que crecía, y realmente me anulaba, no podía pensar en otra cosa. Casi no podía dormir, comía mal, y llorando suplicaba al Señor por noticias.

Unos días después decidimos hacer una difusión por las redes so-ciales, de las que seguramente algún lector participó también. La noticia corrió de una manera que yo no podía creer, y esa misma tarde, tuvimos noticias. Nada malo había pasado, sólo fue un problema de comunicaciones.

Cuando tuve la certeza de que todo estaba bien, me fui solo a un lugar de la casa, comencé a llorar y sentía que algo se iba de mi cuerpo casi quemándome. Después de ese momento, entendí la libertad de Dios.

Estimado lector, en sus momentos de angustia, no deje de clamar al Señor. Y no se quede solo, nuestros hermanos son la forma más amorosa que él tiene para respondernos.

¿Listo? ¿Ya estoy disfrutando plenamente de esa libertad? Eso lo dejo para la lectura de mañana.

Señor, que podamos disfrutar de la paz que da tu presencia en nuestros corazones.

Alejandro Faber

Salmo 118