Lunes 13 de marzo

 

 

No hagas sufrir al extranjero que viva entre ustedes. Trátenlo como a uno de ustedes; ámenlo, pues es como ustedes. Además, también ustedes fueron extranjeros en Egipto. Yo soy el Señor su Dios.

Levítico 19,33

El Libro de Levítico se caracteriza por contener las leyes que Dios dio a su pueblo para ayudarle a organizarse y a llevar adelante una vida digna. Cada ley buscaba mejorar la convivencia y ayudar a vivir el amor a Dios y el amor al prójimo.

En este versículo la ley trata el tema de los extranjeros, y si es necesaria una ley que pida un buen trato para ellos es porque seguramente no se los trataba muy bien.

¿Ya fue extranjero en algún lugar? Quizás, aunque no haya vivido en un país diferente al que nació, alguna vez estuvo, aunque sea como turista, en otro país. Siempre hay como una sensación de inseguridad, un sentimiento extraño, un no sé qué. En estos momentos cumplo mi pastorado en un país diferente al que me vio nacer y también convivo con una gran mayoría de personas que viven en un país que no es aquel donde nacieron. Muchas veces eso causa dificultades, y hay situaciones en que autoridades policiales y otras se intentan aprovechar, como queriendo mostrar que los extranjeros no tienen tantos derechos como los nacionales. Es algo contra lo que luchamos, felizmente poco a poco todos nos vamos sintiendo como si estuviéramos en nuestro país. En verdad, estamos en casa, la tierra que Dios ha creado para todos.

Si bien este versículo habla de considerar y amar al extranjero como mi hermano, lo mismo podríamos aplicar a otras situaciones. Podríamos colocar en lugar de extranjero a cualquiera que sea diferente a nosotros: no hagas sufrir a la mujer, o al hombre, al pobre, al anciano, al joven, al de peinado diferente, al que se viste así, al que es asá. Ámenla, ámenlo, pues es como ustedes, dice el Señor. ¡Y ojo, porque no es una opción, es un mandato! Sí, no es cuestión de hacerlo si queremos o no queremos hacerlo. Si nos consideramos hijos e hijas de Dios, es nuestra misión.

Que Dios nos dé la capacidad de amar al extranjero y a todos, pues todos somos hermanos y hermanas en la fe. Amén.

Mariela Bohl

Levítico 19,31-37