Lunes 2 de marzo

 

Y si reparto entre los pobres todo lo que poseo, y aun si entrego mi propio cuerpo para tener de qué enorgullecerme, pero no tengo amor, de nada me sirve.

1 Corintios 13,3

La expresión “de nada me sirve” es perturbadora, porque tira por tierra siglos y siglos de limosnas y nos interpela en nuestro fuero más íntimo, ¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Queremos realmente transformar la existencia de quienes sufren y necesitan? ¿Estamos dispuestos a cambiar también en nosotros aquello que pueda ser causa de sufrimiento y necesidad de otras personas?

Muchos suponen que quienes dan, porque pueden dar y quieren hacerlo, no son sujetos de ninguna necesidad; y dan así lo que les sobra, les queda chico, pasó de moda, está roto, o simplemente tienen ganas… y eso muchas veces es de mucha ayuda para quienes no tienen nada, ni siquiera roto.

Pero si no hay una pregunta genuina sobre lo que moviliza mi dar y que necesito cambiar en mi forma de vivir para que esta desigualdad que hay entre nosotros, eso que doy sólo será testimonio de la injusticia… la injusticia del salario indigno, de la mercantilización de  la salud y de la educación que desprotegen a millones y perpetúan la desigualdad.

Cuando me mueve el amor, lo primero que necesito es encontrarme con la otra persona, verla a los ojos, escucharla honestamente e ir al encuentro de su necesidad, sabiendo que respondo desde el agradecimiento y la solidaridad. Agradecimiento a Dios porque si tengo algo que dar es porque Dios me lo ha dado, en solidaridad porque la necesidad de mi hermana/o es mi necesidad, nuestra común pertenecía al Dios Padre, nos ha hecho hijos e hijas, compartiendo la sed y el hambre, el refugio y el desamparo…

Peter Rochón

1 Corintios 12,31–13,7