Lunes 20 de agosto

 

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El que ama a su hermano vive en la luz, y no hay nada que lo haga caer en el pecado.

1 Juan 2,10

Suena tan sencillo: para no caer en el pecado anhelo que, supongo, nos es común a todos, debemos amar a nuestro hermano. Pues así viviremos en la luz. Y nada podrá hacernos caer en la perdición.

Pero, ¿a qué se refiere Juan cuando nos exhorta a amar a nuestro hermano? Seguramente no nos está animando a enamorarnos de todo el mundo. Nadie puede sentir la misma afinidad, el mismo afecto ni tampoco la misma pasión por todos. Somos seres humanos con diferentes “químicas”. Y es bueno que no todos conjuguemos con todos.

Pero entonces, ¿qué?

El amor al que se refiere Juan no tiene que ver con emociones y pasiones. Va mucho más allá de sentir algo por el otro. Es una determinada actitud de vida. Es el compromiso de respetar, más allá de la “química”, los mandamientos para con nuestro hermano. Es el desafío de poner al así llamado doble mandamiento del amor por encima de todo y buscar orientarnos en él en todo momento y en toda circunstancia. Porque, efectivamente, si lográramos amamos con ese amor, ya no sería necesario escondernos, mentirnos, subyugarnos, despreciarnos, ningunearnos, violentarnos, juzgarnos ni destrozarnos mutuamente. No habría más oscuridad en y entre nosotros sino todos juntos podríamos disfrutar de la luz de Dios.

¡Quiera el Espíritu de Dios iluminar nuestras pequeñas almas humanas para ayudarnos a dejar atrás toda oscuridad y buscar, con toda nuestra fuerza, aquella luz que nos permitirá vivir!

Así como tú, Señor, así como tú nos amas y nos amas, así queremos amar. (Canto y Fe Nº 312)

Annedore Venhaus

1 Juan 2,7-11