Lunes 26 de diciembre

 

 

Los pastores fueron de prisa y hallaron a María y a José, y el niño estaba acostado en el pesebre.
Lucas 2,16

Hace poco, navegando en Internet, apareció ante mis ojos un titular que hablaba de una joven envenenada con píldoras para adelgazar. La noticia hacía referencia a una chica de 21 años que a través de la computadora compró unas píldoras, y en lugar de seguir la dosis indicada tomó muchas más. De todos modos, uno de los componentes de las pastillas era un fertilizante nocivo contraindicado para uso humano.

¿Qué lleva a una jovencita a querer adelgazar? ¿Qué es lo que lleva a tantas personas a realizar dietas contra la obesidad? ¿Cómo se asocia esto con enfermedades como la bulimia y la anorexia? ¿Existirá además una relación con las cirugías plásticas?

Evidentemente, concurren multitud de causas, tales como patrones estéticos, falta de autoestima, carencias afectivas, baja tolerancia a la frustración… Es como si lo más importante fuera sólo lo que se ve, y hacemos lo que sea para sentirnos aceptados o queridos. Hemos aprendido, nos hemos alimentado de parámetros que enfocan fundamentalmente las apariencias y contribuyen a sostener un sistema de consumo basado en las ganancias y no en el bienestar integral. No importa cómo nos veamos, siempre nos falta algo, tenemos hambre porque lo que consumimos no nos llena.

En la Biblia se nos narra que el niño Jesús estaba acostado en el pesebre, y eso nos ayuda a entender que Jesús es el verdadero alimento del mundo, el pan del cielo, el pan de vida, nacido en Belén (“Casa de pan”). En esa apariencia humilde se encuentra profundamente el amor de Dios, disponible para quienes quieren ir hacia él. Esa imagen del pesebre debe orientarnos cuando vemos al Jesús adulto en las calles, con los enfermos, multiplicando los panes, expulsando demonios. Jesús alimenta todo lo que somos, nos quiere por entero, nos acepta y nos llama a nutrirnos de lo esencial, que es el amor compartido.

Juan Carlos Wagner

Lucas 2,15-20