Lunes 31 de julio

 

 

Una noche, mientras Pablo dormía, el Señor le dijo en una visión: “No temas. Habla y no calles.”

Hechos 18,9

Pablo tenía motivos suficientes para sentir miedo. Había sido perseguido, golpeado, apedreado, insultado y maltratado.

El miedo es un sentimiento causado por vivencias tristes y dolorosas que tenemos a lo largo de nuestras existencias. Nadie está libre de esta emoción. Los miedos son una realidad de nuestra vida cotidiana y son muchas las situaciones en que luchamos contra él. Es un sentimiento difícil de manejar, y por esa razón a veces tenemos sensaciones encontradas: queremos hacer algo pero el miedo nos frena, nos paraliza. Eso también le ocurrió a Pablo.

El apóstol, después de su conversión, dedicó su vida a evangelizar llevando la palabra de Dios a los pueblos no cristianos. Atravesando situaciones muy difíciles, pero con una gran convicción de fe. Hubo momentos en que a pesar de su fe tuvo miedo, como cualquier ser humano. Es entonces cuando el Señor va a su encuentro como Padre amoroso que comprende, acompaña y sostiene a sus hijos diciéndole: “No temas. Habla y no calles”.

Dios está constantemente a nuestro lado, dirige nuestro andar y nos muestra el camino, nos renueva las fuerzas y calma nuestros temores diciéndonos: “No temas. Habla y no calles”.

Que no nos avergüence decir que somos cristianos, que no sintamos timidez de predicar su palabra, que no nos dé miedo amar a Cristo y por Cristo.

El Señor está con nosotros todos los días, a cada momento nos sostiene, nos da fortaleza para vencer nuestros temores y reflejar su amor en nuestras palabras y actitudes. Deseo de corazón que podamos sentir su compañía cada día. Amén.

Silvia Bierig

Hechos 18,1-12