Martes 1 de enero

 

Año Nuevo

¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!

Salmo 8,1

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Toda la grandeza de Dios al descubierto. Tanta grandeza que hasta un niño de pecho es capaz de alabar a Dios.

Cuando contemplo… esa es la clave. Hemos perdido mucha capacidad de contemplar porque nos limitamos a ver, ni siquiera a mirar que exige más atención. Contemplar la creación es ‘lo más’ como dicen nuestros jóvenes hoy.

Al contemplar, realmente, vamos a la esencia de la realidad. La contemplación para la mayoría de los mortales es un ejercicio de oración. En realidad, es un itinerario: Buscar a Dios; conocer nuestro auténtico yo; y, descubrirnos en relación con el mundo que Dios nos ha creado por amor. Contemplar es quietud en puro dinamismo de descubrimiento para nosotros ya para los demás.

La creación requiere ser contemplada en todo su conjunto; todo es necesario; todo nos conduce a Dios y a los hermanos. La contemplación verdadera, vivida a fondo, configura la imagen de la cruz con su dimensión vertical y horizontal. La contemplación lo envuelve todo: nuestro propio yo que encontramos en ella, la preocupación y el interés por la justicia social, la base de una ecología integral, el encuentro con quienes profesan confesiones y religiones diferentes a las nuestras, pero, sobre todo, la compasión por cada ser humano concreto, particular, aunque nos sea un perfecto desconocido, ya que, en algún momento, puede dejar de serlo.

Hoy existe la necesidad de una mirada nueva, de una contemplación fresca, coherente, alegre, compartida. Contemplar con ojos nuevos.

Señor, que, al contemplar tu creación, te descubra a ti, me descubra yo, y descubra a mis hermanos.

Cristina Inogés Sanz

Salmo 8