Martes 18 de junio

 

La justicia engrandece a la nación; el pecado es afrenta de las naciones.

Proverbios 14,34

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Como ciudadanos no sentimos que estemos viviendo en una comunidad engrandecida por su justicia, más bien sufrimos con frecuencia el sentimiento de que nos vamos empequeñeciendo por causa de las injusticias y la impunidad. A la vez se aleja de nosotros la esperanza de vivir en una comunidad con bienestar general, paz y buena convivencia. Esos frutos de la justicia que nos engrandezcan.

La grandeza de una comunidad no es compatible con la práctica del mal, el delito o el pecado. Y para alivianar la gravedad del problema nun-ca basta con decir -hasta con cierto orgullo- que no estamos tan mal, y enumeramos esos otros países donde sí sufren muchas más cosas que provocan vergüenza. En realidad, esta idea esconde otra: aquella que sostiene que una comunidad, la nación, funcionaría como una inmensa esponja, con capacidad de absorber y tragarse infinita cantidad de hechos escandalosos y demoledores para la vida y la grandeza de la comunidad. Pero en realidad sucede como cuando enterramos desechos contaminantes, que tarde o temprano siempre vuelven a aflorar, ya no como desechos, sino en su versión tóxica, con graves consecuencias de contaminación para el medio ambiente y riesgos para la salud. Una comunidad que no se hace responsable de sus pecados sufrirá, tarde o temprano, las consecuencias del veneno acumulado en su tejido social, en su cultura, su trabajo o la vida de las familias.

La injusticia y su vergüenza son la denuncia de nuestros pecados más recientes y también de los antiguos, muchos con autoría conocida, y otros que aún esperan que nos hagamos cargo. También hay de aquellos que han mutado en la salida fácil: Dios lo habrá querido así o fue culpa de la mala suerte.

Querido Dios, te agradecemos por cada acto de justicia que engrandece la vida de nuestra sociedad y te pedimos que podamos corregir, cambiar y derrotar toda injustica para que no nos avergüence el sufrimiento de sus consecuencias. Amén.

Delcio Källsten

Proverbios 14,29-34