Martes 20 de diciembre

 

 

El ángel le contestó: “Yo soy Gabriel, y estoy al servicio de Dios; él me mandó a hablar contigo y darte buenas noticias. Pero ahora, como no has creído lo que te he dicho, vas a quedarte mudo.”
Lucas 1,19-20

Zacarías no puede creer lo que le había pasado. Era un hombre de fe y estaba al servicio de la comunidad. Pero un milagro, a él y a su mujer… no, eso no.

Y yo, ¿qué diría? También me considero un hombre de fe. Y también estoy al servicio de la comunidad. Pero, ¿el anuncio de un milagro, para mí? No recuerdo que se me haya aparecido un ángel, o por lo menos, no me di cuenta de que lo fuera. Lenta – muy lentamente- el texto me lleva lejos: milagros, ángeles… En mi mundo racional, planificado y controlado no hay lugar para esos implementos.

Por otro lado, más de una vez un ángel me acompañó. Y más de una cosa que sucedió en mi vida la tengo que considerar un milagro. Entonces: el problema no es el ángel, ni tampoco el milagro, sino yo. No vivo con todos los sentidos afilados. Dios hace tantos milagros, grandes y pequeños, también en mi vida. Sólo tengo que abrir los ojos. Ciertamente me siento solidario con Zacarías. Es fuerte cuando el milagro te toca, más, si ni siquiera lo habías pedido. Pero por suerte hay alguien que sabe mejor que yo mismo lo que necesito. Confieso que muchas veces me olvido de ello. Pero qué sería yo sin este Padre que nunca descansa, aun si yo estoy muy cansado. Este Padre que me cuida, aunque yo ande muy descuidado. Y ojalá nunca se olvide de mandar su ángel.

¡Qué cosa! ¡Otra vez problema mío! Claro que él no se olvida. Soy yo quien se olvida.

¡Qué lindo poder vivir mi vida así! Por supuesto que tengo que poner mi parte también. Pero un Padre Dios que hace milagros para que yo ande bien, y un ángel a mi lado cuando más lo necesito… ¡qué más quiero!

Ya que has hecho del Señor tu refugio… no te sobrevendrá ningún mal… pues él mandará que sus ángeles te cuiden por dondequiera que vayas. (Salmo 91,9-11)

Detlef Venhaus

Lucas 1,18-25