Martes 22 de agosto

 

 

Al día siguiente hicimos escala en Sidón, y Julio, que trataba a Pablo con amabilidad, le permitió visitar a sus amigos y recibir sus atenciones.

Hechos 27,3

Hace años -en la iglesia que pastoreábamos mi esposo y yo- una de las hermanas de la congregación nos contó esta historia increíble: 

“De madrugada, recibí la llamada telefónica de una amiga contando que se encontraba sola en la emergencia de un hospital.  Por supuesto que me vestí rápido y salí a buscar un taxi en la avenida más cercana a mi casa. Estaba todo muy oscuro y era común contar con pandillas jóvenes que se encargaban de asaltar a quienes por allí encontraban. Había caminado casi 100 metros de los 180 que me separaban de la avenida cuando vi unos cuantos pandilleros viniendo en mi dirección con visible intención de asaltarme. En seguida me puse en ferviente oración pidiéndole a Dios sabiduría y calma en ese momento. Llegando ya muy cerca del grupo se me iluminaron las ideas… abrí los brazos y les dije; ¡Muchachos, Dios los envió a ustedes, necesito que me acompañen a buscar un taxi, pues tengo que ir al hospital por una amiga en emergencia! Fue tan grande la sorpresa de los chicos que se acercaron y me acompañaron hasta la avenida y se quedaron conmigo hasta que conseguí un taxi”.

Este relato, verdadero y con las palabras de quien lo vivió, es un testimonio de que muchas veces la ayuda viene de quienes menos la esperamos. Julio, que trataba a Pablo preso, y seguramente era un soldado romano, fue solidario y le permitió cosas que no eran permitidas a los prisioneros.

Nuestra hermana de la congregación, así como Pablo en todo el relato de su viaje, confiaron en la guía de Dios. Por consecuencia, tanto los pandilleros como Julio fueron sorprendentemente solidarios.

Porque el camino es árido y desalienta… Dame la mano y vamos ya. (Canto y Fe Nº 321)

Inés Simeone

Hechos 27,1-12