Martes 24 de agosto

La ciudad estuvo sitiada hasta el año once del reinado de Sedequías. A los nueve días del cuarto mes el hambre en la ciudad ya era muy intensa y el pueblo no tenía más nada que comer.

2 Reyes 25,2-3

Durante fines del siglo VI y principios del siglo V antes de Cristo, las potencias de aquel entonces eran Babilonia (hoy Irak) y Egipto. Obviamente luchaban por la supremacía de una sobre otra y el pequeño reino de Judá se encontraba en medio de ellas. Debía pagar tributos a la potencia que gobernara sobre él y según las conveniencias y lealtades políticas de los gobernantes de turno. Hacía más de quince años que venían repitiéndose ataques del rey de Babilonia a los súbditos de Judá, cada vez que estos intentaban una rebelión. En enero del 588 a.C. Nabucodonosor mandó sitiar Jerusalén. Después de dos años y medio, los recursos guardados en ella se habían acabado. Era el momento para tomar la ciudad y destruirla definitivamente.

No voy a continuar contando la historia que se puede leer en la Biblia. No aporta gran enseñanza para nuestra reflexión, salvo que los esquemas se repiten mil y una veces en la historia de la humanidad. A los reyes y poderosos no les importa el hambre y el sufrimiento del pueblo. La avidez de poder los enceguece. Los reyes de Judá no hacían lo que Dios manda, sino que se dejaban guiar por sus intereses personales y de clase, llevando con sus alianzas y rebeliones sin sentido al pueblo a adorar a dioses ajenos, al hambre, al destierro y a la muerte. A esto solo podemos oponer las palabras de Jesús: “Saben que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas y los que son grandes ejercen sobre ellas poder. Entre ustedes no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre ustedes será vuestro servidor” (Mateo 20,25ss). Oremos para que estas palabras no sean solo una máxima para cada uno de nosotros, sino también para nuestros gobernantes actuales.

Federico Hugo Schäfer

2 Reyes 25,1-21

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