Martes 25 de febrero

 

Que la misma noche que el Señor Jesús fue traicionado, tomó en sus manos pan y, después de dar gracias a Dios, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que muere en favor de ustedes. Hagan esto en memoria de mí.” Así también, después de la cena, tomó en sus manos la copa y dijo: “Esta copa es la nueva alianza confirmada con mi sangre. Cada vez que beban, háganlo en memoria de mí.” De manera que, hasta que venga el Señor, ustedes proclaman su muerte cada vez que comen de este pan y beben de esta copa.

1 Corintios 11,23-26

Entre la noche en que fue entregado y el día del regreso del Señor, estamos nosotros, está nuestra misión como comunidad y como individuos, nuestro deber de proclamar su mensaje, la buena noticia de salvación.

El pan y el vino de la Cena del Señor nos recuerdan su “memoria”.

¿Cuál es esta memoria? Que Jesús vino al mundo a dar vida plena y esperanza a los pobres materiales y espirituales, a los marginados e invisibilizados por el poder político, por la religión y por la sociedad; y a dar su vida, a entregar su cuerpo, para que sea sacrificado por toda clase de pecadores, de ayer y hoy.

Pero, su vida no terminó en la muerte. Él resucitó; y por su resurrección, como Él, nosotros somos liberados de la muerte y estamos en comunión con el Padre.

Esta es su memoria y nuestra proclamación.

Señor, danos valor para la lucha, y fuerza en los momentos y días tristes. Que tu palabra ilumine y guíe nuestro caminar. Marcha junto a nosotros, pues sólo contigo podremos alcanzar un mundo nuevo.

Robinson Reyes Arriagada

1 Corintios 11,23-26.

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