Miércoles 16 de diciembre

Como una madre consuela a su hijo, así los consolaré yo a ustedes, y encontrarán el consuelo en Jerusalén.

Isaías 66,13

¡Qué linda imagen! La de una madre consolando a su hijo. Lo prime-ro que se nos viene a la mente es un niño pequeño que ha sufrido una caída o ha tenido una pelea. La madre es la persona más cercana, en la que confía y que sabe cómo calmarlo. Pero una madre también da consuelo a sus hijos adultos, todos en algún momento sufrimos alguna caída, alguna pelea, algún disgusto. ¡Hay tantas circunstancias en las que necesitamos de alguien que nos dé consuelo, que nos escuche; que nos ayude a seguir adelante!

El profeta Isaías trasmite la promesa de Dios: Él dará consuelo a su pueblo. Los israelitas, que habían sufrido el exilio en Babilonia, espera-ban volver a sus hogares, ver restaurada su nación y que volvieran los tiempos de paz y prosperidad en Israel. Querían volver a Jerusalén, el lugar en el que moraba Dios, donde lo adoraban; allí tenían el consuelo de su presencia.

En la presencia de Dios tenemos consuelo. Nosotros podemos en-contrar nuestra Jerusalén recurriendo a Dios; si es en comunidad, me-jor, porque tenemos su promesa: “Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo18,22).

Ayúdanos, Señor, a desear y pedir tu presencia. Que podamos de-jarnos consolar por tu amor incondicional. Amén.

Beatriz Mónica Gunzelmann

Isaías 66,5-17

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