Miércoles 22 de agosto

 

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Ustedes tienen el Espíritu Santo que Jesucristo les ha dado, y no necesitan que nadie les enseñe, porque el Espíritu mismo les enseña todas las cosas, y sus enseñanzas son verdad y no mentira.

1 Juan 2,26-27

Nos habíamos propuesto reunirnos periódicamente para juntos debatir sobre temas de nuestra fe. Nos parecía que las diferentes realidades de vida que nos eran propias, que las distintas tradiciones de fe que nos habían marcado en nuestros caminos tanto como la participación en tan diferentes iglesias no podrían más que enriquecernos. Éramos un grupo ecuménico, con ganas de crecer juntos en entendimiento y en fe.

Grande fue nuestra sorpresa cuando descubrimos que sobre un mismo tema, y habiendo compartido la misma lectura bíblica, teníamos tantas interpretaciones como personas presentes. Porque sobre un mismo texto en las clases de confirmación se nos habían acercado conceptos no del todo idénticos. Porque en cada una de nuestras iglesias la concreción de las enseñanzas de Jesús era un poco diferente. Porque la visión de un trabajador rural no es la misma que aquella de un empresario.

Comprendimos que para entender la palabra de Dios y su profundo significado para nuestras vidas debíamos recurrir a la meditación compartida, al Espíritu de Dios que en cada uno de nosotros mora y que desde adentro de nosotros, más allá de la realidad que vivimos o de lo que otros nos habían enseñado nos quiere orientar. Hemos comprendido y experimentado cuánta fuerza tiene la oración. Y cuán maravillosa es la respuesta que nuestro Dios Trino da a todos quienes con corazón devoto y entregado en su voluntad le piden orientación.

Pidan, y Dios les dará; busquen, y encontrarán; llamen a la puerta, y se les abrirá. (Mateo 7,7)

Annedore Venhaus

1 Juan 2,18-29