Miercoles 22 de mayo

 

Jesús se fue de allí a su propia tierra, y sus discípulos fueron con él. Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga. Y muchos oyeron a Jesús, y se preguntaron admirados: “¿Dónde aprendió éste tantas cosas? ¿De dónde ha sacado esa sabiduría y los milagros que hace?”

Marcos 6,1-2

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Jesús no es un sacerdote del Templo, ocupado en cuidar y defender la religión. Tampoco lo confunde nadie con un maestro de la Ley, dedica-do a defender la Torá de Moisés. Los campesinos de Galilea ven en sus gestos curadores y en sus palabras la actuación de un profeta movido por el Espíritu de Dios.

Jesús sabe que lo espera una vida difícil y conflictiva. Los dirigentes religiosos se le enfrentarán. Es el destino de todo profeta. No sospecha todavía que será rechazado precisamente entre los suyos, los que mejor lo conocen desde niño.

Según Marcos, Jesús llega a Nazaret acompañado de discípulos y con fama de profeta sanador. Sus vecinos no saben qué pensar.

En lugar de acogerlo tal como se presenta ante ellos, quedan bloqueados por la imagen que tienen de él. Se resisten a descubrir en él la cercanía salvadora de Dios.

Pero hay algo más. Acogerlo como profeta significa estar dispuestos a escuchar el mensaje que les dirige en nombre de Dios. Y esto puede traerles problemas. Ellos tienen su sinagoga, sus libros sagrados y sus tradiciones. Viven con paz su religión. La presencia profética de Jesús puede romper la tranquilidad de la aldea.

Los cristianos tenemos imágenes bastante diferentes de Jesús. Esta imagen condiciona nuestra forma de vivir la fe. Si nuestra imagen de Jesús es pobre, parcial o distorsionada, nuestra fe será pobre, parcial o distorsionada.

¿No será que estamos necesitando una sabiduría diferente? ¿No será que su vida profética nos está desafiando a transformar profunda-mente nuestras comunidades y nuestra vida?

Que el Señor nos renueve por dentro y por fuera y nos dé la gracia de creer con una fe alegre y entusiasta, cualquiera sea la circunstancia en la que nos encontremos.

Marcos 6,1-2; 2 Samuel 17,5-23
Mario Bernhardt