Miércoles 22 de noviembre

 

 

Ustedes, hermanos, son nuestro orgullo y alegría.

1 Tesalonicenses 2,20

Vos sabés lo que es la demagogia. Es cuando un político, a quien no le importás, te adula para conseguir un voto. Es la adoración de las masas. Es un artista que va a actuar a un país y les dice “los amo, son mi mejor público”, y se va poniendo todas las camisetas de los países que visita. Pablo le dice a la iglesia en Tesalónica que “esos” hermanos, son su mayor alegría. ¿Está Pablo haciendo demagogia?

Algunas veces, cuando predicamos, somos injustos con quienes están ahí en la iglesia, sentados, participando, cantando, orando, escuchando atentamente nuestro mensaje. Nos enojamos porque somos pocos, porque no podemos sustentarnos, pero nos enojamos con los que sí vienen, con los que sí están, con los que podemos contar, con los que nunca fallan.

A ellos deberíamos decirles todo el tiempo, como Pablo a los tesalonicenses: “Ustedes hermanos, son nuestro orgullo y alegría”, sin ninguna demagogia, con afecto y sincera valorización de los poquitos que vamos quedando para sostener la Iglesia, con la esperanza de que si hacemos bien nuestra parte, ese pequeño grupo que nos queda se animará a subir a la barca y pescar en aguas más profundas, a aventurarnos en una misión que no sé qué estamos esperando para emprender, porque el mundo está ávido de nuestro mensaje.

¿Vos sabés que nuestro país produce alimentos para dar de comer a diez países como el nuestro? ¿Vos sabés que nuestro mensaje no llega a todos los que nos están esperando ávidos para transformar sus vidas y darles un verdadero sentido?

Estamos llamados a compartir el pan y a compartir la palabra.

A este núcleo esencial, comprometido con nuestra Iglesia, con la fe en Jesucristo, a esa gente valiosa en nuestras congregaciones, hoy quisiera decirles con admiración y gratitud:

Ustedes, hermanos, son nuestro orgullo y alegría.

Aníbal Barengo

1 Tesalonicenses 2,13-20