Miércoles 23 de agosto

 

 

Poco después un viento huracanado del nordeste azotó el barco, y comenzó a arrastrarlo.

Hechos 27,14-15

En medio de tormentas y tempestades, ¡con Cristo vivimos!

¡Tormentas! Hay muchos tipos de tormentas: eléctricas, de lluvia, de viento, de nieve, granizo, arena… o todas juntas… todas, a veces asustadoras. ¿Recuerdan alguna?

¿Cómo actuamos frente y durante esas tormentas?

Entre las muchas formas que tenemos para actuar en las tormentas podríamos describir:

  • Nos paralizamos, no pensamos, nos escondemos, entramos en pánico y ni siquiera podemos seguir adelante.
  • Algunos buscamos salir, seguir adelante (con o sin miedo), ayudando también a los demás a no “asustarse” y a moverse a pesar de la tormenta.
  • Otros llegamos a confiar incondicionalmente en el Señor, en que él está siempre con y entre nosotros. No nos abandona, aunque no lo vemos...

Es posible, también, que actuemos como los que llevaban al Apóstol Pablo a Roma que, aunque no creían, se salvaron de la tormenta. Pablo, afirmando su fe, les había contado que se le había aparecido un enviado de Dios que le había dicho: “No tengas miedo… porque tienes que presentarte ante el emperador romano, y por tu causa Dios librará de la muerte a todos los que están contigo en el barco…” (Hechos 27,24) Pablo les muestra que Dios puede hasta con las grandes tormentas y, en consecuencia, nos trae vida.

Este relato nos invita a vivir, también, asumiendo riesgos y peligros. La tranquilidad de Pablo en la tormenta nos enseña que debemos poner la vida en las manos de Dios.

Es todo una cuestión de fe. Fe que Dios está con nosotros como nuestro sostén, amparo y guía. Una fe viva y comprometida que también permita ponernos en sus manos incondicionalmente.

Estamos desafiados a continuar dando testimonio de lo que afirmamos creer en el tiempo en el cual vivimos, con tormentas o sin ellas.

El Señor es mi fuerza, mi roca y salvación.  (Canto y Fe Nº 217)

Inés Simeone

Hechos 27,13-26