Miércoles 23 de junio

Y cuando llegaron a la puerta de hierro que daba a la calle, la puerta se abrió por sí sola.

Hechos 12,10b

Puertas protegen. Puertas conectan. Puertas cierran caminos. Puertas abren caminos. En este texto bíblico tenemos dos momentos de puertas. El primer momento es la puerta de hierro que se abrió para que Pedro pudiera escaparse de la cárcel. Una puerta enorme y pesada, construida para encerrar a la gente, esta puerta se abre milagrosamente. Y Pedro sabe que él fue liberado por Dios.

El segundo momento de puerta es cuando Pedro llama a la puerta de la calle de la casa de María. Ahí le pasa algo especial para no decir raro. La muchacha Rode, que sale a la puerta para ver quién es, reconoce la voz de Pedro y se alegra tanto que, en vez de abrirle, corre adentro a avisar que Pedro está en la puerta. Una puerta, hecha para proteger a los residentes, hecha también para entrar y salir, y para recibir a la gente, queda cerrada. Y en este caso cerrada por tanta alegría. Difícil de comprender.

Tenemos dos puertas. Una que se abre milagrosamente por Dios y otra que al principio queda cerrada por humanos. ¿Qué tipo de situaciones te vienen a la mente pensándolo? ¿En qué momento Dios te abrió una puerta? ¿Cuándo no pudiste abrir una puerta a otra persona y por qué razón? En nuestros momentos de puertas pensemos también en lo que nos dice Jesús: “Yo soy la puerta: el que por mí entre, se salvará. Será como una oveja que entra y sale y encuentra pastos.” (Juan 10,9)

Annika Wilinski

Hechos 12,1-25

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