Miércoles 29 de mayo

 

David se sintió muy apesadumbrado y fue a decirle al Señor: “He cometido un grave pecado. Te ruego, Señor, que perdones a este sirvo tuyo por haber sido tan necio.”

2 Samuel 24,10

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El camino del perdón es el arrepentimiento. Pero para que haya un verdadero arrepentimiento debemos primero reconocer el error cometido.

David se reconoce a sí mismo como siervo del Señor. Un siervo que ahora admite haber cometido un pecado grave. Y su pecado fue la necedad.

Necio es quien ignora lo que debía o podía saber. El necio por lo general es terco y porfiado, y suele actuar muchas veces de forma imprudente por su ignorancia. El necio suele ser también presumido y orgulloso.

Quiero invitarte en este día a que nos preguntemos juntos:

¿Cuántos errores cometemos por nuestra ignorancia? ¿No es que en más de una oportunidad fracasamos por meternos en situaciones que no conocemos realmente? ¡Cuánto nos lamentamos después!

¿Cuántas veces por tercos hacemos cosas de las que luego nos arrepentimos y, sin embargo, revestidos de nuestra porfía nos cuesta reconocer nuestro error?

Hasta existen frases hechas para no asumir el error cometido: ¡Yo soy así! ¡A esta altura nadie me va a cambiar!

Y sí, el camino hacia el perdón y la reconciliación implica una gran dosis de humildad. Y la verdad, no es nada fácil ser humilde.

Para pedir y obtener el perdón hace falta ahogar nuestros egos y esa no es una tarea nada sencilla.

Pidámosle al Señor que nos ayude a dejar nuestra frecuente necedad de lado para poder reconocer nuestros errores. Porque de los errores aprendemos, y si hacemos bien la tarea también crecemos.

A ti, Señor, te pedimos perdón en este momento por los pecados de acciones, palabras y pensamientos. De tiempos inmemoriales, en el alma del humano hay luchas que lo destruyen: perdona nuestro pe-cado. Amén. (Canto y Fe Nº 115)

Carlos Abel Brauer

2 Samuel 24,1-25