Miércoles 4 de agosto

Unos aceptaron lo que Pablo decía, pero otros no creyeron.

Hechos 28,24

Pablo llegó a Roma y –como siempre lo hacía cuando llegaba a un lugar nuevo–, trató de tener un encuentro con sus compatriotas judíos. Casi estereotipadamente el autor del libro de los Hechos relata esta situación: Pablo llega a alguna ciudad, predica el Evangelio, y muchos abrazan con alegría la fe en Jesucristo. Pero inmediatamente surge la resistencia. Sucedió en Filipos, donde Pablo liberó a una esclava del “espíritu de adivinación”, arruinándoles el negocio a sus dueños, y se arma el tumulto. En Tesalónica y en Berea pasa lo mismo. En Atenas no fue un rechazo abierto sino con modales más refinados: “Ya te oiremos hablar de esto en otra ocasión” (Hechos 17,32b). Es una forma más elegante de decir: ‘En realidad no me interesa’.

En Roma, sus compatriotas quieren oír lo que Pablo piensa. Acuerdan una reunión a la que acudieron muchas personas. “Desde la mañana hasta la tarde, Pablo les habló del reino de Dios. Trataba de convencerlos acerca de Jesús, por medio de la ley de Moisés y los escritos de los profetas.Y como no se ponían de acuerdo entre sí, comenzaron a irse.” (vs. 24-25)

No hay modo de retener a quien no quiere ser parte. En la historia, la iglesia lo ha intentado de diferentes modos: con amenazas, con hogueras, con anatemas, con miedo al infierno. Creer por miedo no es creer, es simplemente miedo. El Dios de Jesucristo no quiere que recurramos a él por miedo, sino en una adhesión libre. Su amor quiere nuestro amor como respuesta. Un día Jesús les preguntó a los discípulos: “¿También ustedes quieren irse?” Si llegase a preguntarnos a nosotros, ojalá nuestra respuesta sea la de Pedro: “Señor, ¿a quién podemos ir? Tus palabras son palabras de vida eterna” (Juan 6,66-68). No queremos irnos, porque eres todo lo que necesitamos.

Karin Krug

Hechos 28,17-31

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