Miércoles 5 de diciembre

 

Has roto el yugo que pesaba sobre ellos, la vara que castigaba sus espaldas, el bastón opresor que los hería.

Isaías 9,3

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Hambre, guerras, millones de personas desplazadas de sus hogares y países, drogas, corrupción, trata de personas, violencia contra la mujer, rebrotes de enfermedades que se creían erradicadas, falta de agua potable…

¿Es este el mundo que con tanto amor creó Dios para nosotros? ¿Es este el mundo que Dios nos entregó para que lo guardáramos y lo cultiváramos?

No. Este es el mundo que hemos hecho nosotros, el mundo que hemos corrompido y del que no sabemos cómo salir, cómo cambiar.

Y pese a nuestro desatino en guardar el mundo, el Señor romperá las cadenas de tanta esclavitud para hacernos vivir, de nuevo, en un mundo creado para la vida, para la paz, para el entendimiento. Y quitará de nosotros todo cuanto nos oprima, todo cuanto nos hiera. Pero eso requiere en nosotros una disposición a acoger aquello que el Señor nos quiere dar.

Dios no tiene una varita mágica que haga desaparecer todo lo malo del mundo. ¡Qué dios sería! Más bien parecería un mago, – y Dios es Dios. Y respeta nuestra libertad, por eso siempre nos da posibilidades y criterios de discernimiento, sin imponernos nada. Todo es regalo y don.

Dios nos regala, cada día, nuestra libertad. No hay ningún dios, en ninguna religión, que haga eso. Es nuestra decisión, tomada en libertad, la que puede y debe cambiar el mundo, liberados ya de todo yugo y opresión.

Señor, ayúdame a intentar mejorar cuanto me rodea.

No sé si seré capaz de hacerlo, pero sí de intentarlo.

Gracias, Señor mío.

Cristina Inogés Sanz

Isaías 9,1-6