Miércoles 6 de enero

En la sinagoga del pueblo había un hombre que tenía un espíritu impuro, el cual gritó: — ¿Por qué te metes con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Yo te conozco, y sé que eres el Santo de Dios. Jesús reprendió a aquel espíritu, diciéndole: — ¡Cállate y deja a este hombre!

Marcos 1,23-25

En las Sagradas Escrituras no hay una clara diferenciación entre discapacidad y enfermedad, parecería que se habla indistintamente de lo mismo y que es cuestión nada más que de retórica. Está claro que cuando fueron escritos los textos no había discernimiento al respecto, lo que no nos da permiso para hablar en los mismos términos que en época de Jesús.Es más: si leemos detenidamente el texto, el mismo nos da pequeñas pistas acerca de la situación de la persona en cuestión. Sobre el hombre en la sinagoga de Cafarnaúm, en algunas traducciones y en los textos paralelos, se menciona que el espíritu maligno hizo que temblara todo su cuerpo. Hoy lo estaríamos llamando convulsiones, y posiblemente estamos en presencia de una persona con epilepsia. Como tal, el enfermo era conocido en Cafarnaúm a partir de su discapacidad, y la pregunta de fondo que planteo es: ¿qué hacía esta persona en la sinagoga? ¿No eran tales personas sistemáticamente apartadas (cómo hoy todavía) de la vida social y comunitaria?,… ¿un “impuro” en la sinagoga…?  Impensable.

Sospecho que al saber de la presencia de Jesús, alguien, un pícaro, lo llevó para mandarlo al frente y confrontar con Jesús.

Más allá de ello, quedo pensando en que una vez más una persona con discapacidad fue manipulada, utilizada, en este caso con la venia de la estructura de poder local, en busca de su propio beneficio.

Lo que no se esperaba fue el cauce que el Señor dio a la situación.

Norberto Rasch

Marcos 1,21-28