Miércoles 9 de septiembre

 

Pero cuando les escribí esta carta, me sentía preocupado y afligido que hasta lloraba. Sin embargo, no la escribí para causarles tristeza, sino para que vieran el amor tan grande que les tengo.

2 Corintios 2,4

Aparentemente la situación de la Iglesia en Corinto no era la mejor. Preocupado por esta situación y quizás intentando dar una solución al asunto, decide hacer una breve visita. Pero al parecer no tuvo el efecto deseado y en lugar de solucionar las cosas, generó más problemas poniendo en tela de juicio su autoridad y eso le destrozó el corazón a Pablo.

Es por eso que, desde Éfeso les envía una carta muy severa a fin de hacerlos recapacitar sobre su actitud. Pero esa carta fue escrita en medio de una gran aflicción, con el corazón dolido y lágrimas en los ojos. ¿Por qué? Porque amaba a su comunidad. Y la intención no era herir o causar dolor, sino más bien restaurar, disciplinar, corregir.

Lo mismo sucede cuando los padres no se atreven a poner límites a sus hijos. Cuando hay excesiva libertad, sin corrección y sin límites; lejos de ayudarles, se los perjudica. Muchos jóvenes criados con la idea de que hay que dejarlos que se expresen libremente para ser creativos y ser hábiles en tomar decisiones, se encuentran luego desorientados y confundidos.

Disciplinar, reprender, corregir, poner límites, siempre que se haga con cariño y afecto, es una de las mayores expresiones de amor que se pueda realizar. En la familia y también en la comunidad.

Stella Maris Frizs

2 Corintios 2,1-11