Sábado 11 de mayo

 

Cuando el cofre entró en la ciudad de David, Mical, la hija de Saúl, se asomó por la ventana, y al ver a David saltando y danzando ante el Señor, sintió desprecio por él.

2 Samuel 6,16

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Hace unos años una joven compartió conmigo su punto de vista respecto de este texto, riéndose mucho. “Imagínate”, me dijo, “David bailó tan mal que su esposa Mical no tuvo hijos”.

Hoy en día pasa lo mismo. Las chicas solamente quieren salir con los chicos que saben bailar bien. Esta es como una interpretación juvenil.

A mí me parece que este texto, y más que todo, el diálogo entre Mical y David, nos enseñan aún algo muy profundo. Por un lado, nos muestra a David como una persona que festeja, que celebra su fe de verdad. Todo el mundo puede ver cómo lo mueve la fe. David, el rey de Israel, un rey accesible, bailando y alabando a Dios junto con todo el pueblo de Israel. Por otro lado, nos muestra a Mical, su esposa, que siente desprecio y vergüenza por lo que está haciendo David. El comportamiento de su esposo le parece tonto e indigno de un rey. Mical no logra captar la forma de David de expresar su fe. Y como no lo entiende, lo juzga.

Nuestras experiencias se parecen a veces. Hay momentos en los cuales expresamos nuestra fe y sentimos que los demás no nos en-tienden. Hay momentos en los cuales no expresamos nuestra fe por el miedo de que los otros no logren entendernos. Y también hay momentos en los cuales nosotros juzgamos a otros por su forma de vivir y expresar su fe.

Mi deseo es que tengamos la certeza de David, que nuestra for-ma de expresar la fe esté bien de acuerdo, que la podamos vivir sin vergüenza, y que nosotros tratemos con respeto a nuestros hermanos y nuestras hermanas en Cristo por su forma personal de vivir la fe.

Annika Willinski

2 Samuel 6,1-23