Sábado 17 de febrero

 

 

Ahora, en gratitud, le traigo los primeros frutos de lo que sembré en la tierra que él me dio.

Deuteronomio 26,10

Frecuentemente en nuestras congregaciones se escucha que estamos en crisis económica, que los números no cierran, que no alcanza la plata. Entonces “reducimos” cargos y dedicaciones pastorales, y en el peor de los casos, cerramos iglesias.

También, muchas veces escuchamos la palabra “diezmo”. A quienes venimos tradicionalmente de un sistema de “cuotas” como aportes a la iglesia, nos genera incomodidad.

Al reflexionar en diferentes ámbitos de la iglesia sobre este tema, he escuchado, que si cada miembro aportara el 1% de sus ingresos, hasta sobrarían recursos, y no habría problemas económicos en la iglesia, sin necesidad de aplicar el diezmo.

El tema es que, parece, todavía no hemos encontrado la clave. ¿O sí?

El texto bíblico nos da un dato muy importante: la gratitud.

Días atrás un colega me contaba que una persona de su comunidad, que precisamente no gozaba de una buena posición económica, se acercó para entregar el diezmo a la iglesia. Los miembros de la congregación le preguntaron si realmente estaba seguro de lo que estaba haciendo, dada su situación económica, y él les respondió: “Y, cómo no le voy a dar el 10% a Dios, si él me deja el otro 90% para mí”.

Tremendas palabras de alguien agradecido por todo lo que Dios le ha dado en su vida.

¡Ojalá pudiésemos pensar como este hombre y sentir tal gratitud! Más allá de que si aportamos el 1%, el diezmo, la cuota, el sobre, etc., la gratitud a Dios cambia nuestra óptica.

¿Lo hacemos? ¿Lo pensamos?

Querido Dios, ayúdanos a ser agradecidos, por lo que nos regalas cada día. Amén.

Juan Dalinger

Deuteronomio 26,1-15