Sábado 27 de junio

El rey Salomón superaba a todos los reyes de la tierra en riqueza y sabiduría. Todo el mundo quería verlo y escuchar la sabiduría que Dios le había dado.

1 Reyes 10,23-24

Es muy reconocida la sabiduría y la sagacidad del rey Salomón. Y como consecuencia de ello, se destaca su enorme éxito económico y su dominio sobre los otros pueblos.

Su riqueza, sus lujos y extravagancias superaron el asombro de los habitantes de Israel. Pero, por desgracia, siendo ya mayor, Salomón olvidó que su sabiduría y todas sus posesiones venían de Dios y que debían estar al servicio de los habitantes del reino. Y así cayó en la idolatría.

Del mismo modo en la actualidad muchos artistas, deportistas y personajes famosos, que no están preparados para manejar la riqueza, la fama y la popularidad, “pierden la cabeza” y el rumbo de sus vidas, cayendo en profundos abismos por consumo de drogas, alcohol y otros excesos.

En el sermón del monte, hace Jesús referencia al lujo de Salomón y lo contrasta con las flores del campo (Mateo 6,29). Y la comparación con las flores no es sólo una cuestión estética, sino también una referencia a la fragilidad de nuestra existencia.

Renombradas personalidades pueden vencer barreras y obstáculos, comprar voluntades, alcanzar títulos y metas, ser grandes “salomones”, sin embargo, ser derribados por una pequeña bacteria imperceptible a simple vista. Tan frágiles somos y, por eso mismo, tan dependientes del cuidado de Dios. No nos definamos sólo por los éxitos y el dinero, sino en la calidad de personas que podemos ser, por la forma de tratar a los demás, en cómo vivimos nuestra fe y nuestro amor.

No me impresiona tu profesión, ni tu manera de vestir, ni tu estatus social o económico, ni tus posibilidades financieras, ni tus pertenencias. Me impresiona cómo piensas, tus convicciones y tus valores, me impresiona cuán limpio es tu corazón, tu trato hacia los demás, tu humildad como persona y cómo alimentas tu espíritu y tu intelecto. (Anónimo)

Patricia Haydée Yung y Bernardo Raúl Spretz