Sábado 4 de agosto

 

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―Si Dios fuera su Padre —les contestó Jesús—, ustedes me amarían, porque yo he venido de Dios y aquí me tienen. No he venido por mi propia cuenta, sino que él me envió.

Juan 8,42

Me pongo en el lugar de este grupo de personas judías, escuchando a una persona, que, si bien es carismática y sus palabras tienen cierta sabiduría, pero que ahora dice ser dueño absoluto de la verdad, una verdad que los liberará, y este “Jesús” no se queda solo con la verdad, ¡sino dice ser enviado de Dios mismo!

Si viniera una persona a hablarnos de esta manera, ¿no reaccionaríamos igual?, ¿no lo rechazaríamos?, ¿no diríamos que está loco? Yo sí lo miraría como un bicho raro y no le prestaría atención.

Pero no nos olvidemos que todos, todos somos simples instrumentos de Dios, y, si bien tenemos cierto grado de libertad de decisión, es él el dueño de nuestra vida teniendo potestad de dárnosla y de quitárnosla. ¡Cómo nos cuesta entender (y me incluyo) que nuestro prójimo también es un instrumento de Dios!, con un propósito, enviado a hacer un cambio en nuestra vida, a abrir nuestros ojos a realidades que tal vez no estamos dispuestos a ver. Constantemente vivimos encerrados en nosotros mismos, creyéndonos dueños absolutos de la verdad, sin aceptar que podemos estar equivocados y que mi hermano, mi hermana se podría estar acercando a mí como un enviado de Dios mismo, alentándome a ver una realidad diferente y muchas veces mejor a la que estoy viendo o viviendo. Muchas veces nos convendría tragarnos nuestro orgullo, callarnos y escuchar lo que Dios, a través de nuestro prójimo, nos quiere decir.

Callemos hermanos y vuelva el silencio, que ya hemos perdido el don de escuchar… (Canto y Fe Nº 109)

Osmar Brassel

Juan 8,37-45