Sábado 4 de septiembre

Entonces dijo Hageo: “El Señor afirma: ‘Lo mismo pasa con esta gente: todo lo que hacen y todo lo que me ofrecen es impuro’.”

Hageo 2,14

A pedido de sus pequeños hijos, un padre eligió la mejor rama y con una cuerda resistente fabricó una hamaca en el árbol frondoso del patio. Todos estaban felices, deseosos de inaugurar el nuevo juguete. Antes que los niños, el padre mismo estrenó su flamante proyecto. Grande fue la consternación de todos cuando, apenas la hamaca tomó envión la rama que la sostenía se quebró, dándose el hombre un gran golpazo contra el suelo. ¿Qué había pasado? Aquella rama había sido pura apariencia, una buena cáscara por fuera, pero por dentro hueca y podrida, carcomida por insectos.

En tiempos del profeta Hageo la devoción a Dios en muchos casos se había convertido en una hermosa cáscara, un mero cumplimiento de ritos, costumbres, obligaciones y leyes externas. Se pensaba que realizando ciertos actos y absteniéndose de otros ya alcanzaba para ser “aprobados” por Dios. Sus cantos, oraciones, ofrendas y sacrificios eran actos meramente externos, sin el sustento de un corazón consagrado. No había coherencia entre las palabras, los hechos y la sinceridad de corazón.

También en tiempos de Jesús había quienes creían que la pureza o impureza dependía de cosas externas, y por eso afirmó: “Nada de lo que entra de afuera puede hacer impuro al hombre. Lo que sale del corazón del hombre es lo que lo hace impuro.” (Marcos 7,15)

Si dejamos que Dios purifique nuestros corazones, si consagramos todo nuestro ser a él, todo lo que hagamos y todo lo que le ofrezcamos podrá ser puro y no una simple religiosidad hueca y vacía como la rama de aquel árbol de la hamaca.

Yo quiero ser, Señor, amante como el barro en manos del alfarero. Toma mi vida y hazla de nuevo, yo quiero ser, yo quiero ser, un vaso nuevo. (Canto y Fe Nº 268)

Bernardo Raúl Spretz

Hageo 2,10-23

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