Sábado 8 de septiembre

 

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Estaré atento y vigilante como lo está el centinela en su puesto para ver qué me dice el Señor y qué respuesta da a mis quejas.

Habacuc 2,1

Hoy el profeta nos afirma su condición ante la realidad: estaré atento y vigilante. Una condición muy propia de nuestra fe, y a la que muchos escritos bíblicos nos exhortan. El mismo Jesús ordena a sus discípulos que se mantengan alerta y despiertos, y el apóstol Pablo en sus epístolas hace lo propio.

El profeta nos recuerda el propósito de estar atentos: para ver qué me dice el Señor… Nos invita a poner nuestros sentidos al servicio de lo que Dios tiene para decirnos o mostrarnos.

Se trata de un llamado no sólo al entendimiento, sino también a la sensibilidad. No sólo a lo expreso, – también a lo oculto. No sólo a la voz, – también al silencio.

Estar atentos para ver qué me dice el Señor y qué respuestas me da, es dejarnos interpelar por su palabra y señales. Y esto llega a nosotros de diferentes maneras y expresiones. Puede ser un anuncio, una enseñanza, una aprobación, una advertencia, una corrección, una denuncia. Solemos interpretar con facilidad las aprobaciones, y nos cuesta aceptar las respuestas y advertencias que no son de nuestro agrado, porque señalan lo errado, lo falso, lo injusto, lo oscuro de nuestras vidas. La voz profética de Habacuc tiene un fuerte acento en la denuncia y la justicia divina.

Mahatma Gandhi compila esto en hermosos versos que dicen: Ayúdame a decir la verdad delante de los fuertes y a no decir mentiras para ganarme el aplauso de los débiles. Si me das fortuna, no me quietes la razón. Si me das éxito, no me quietes la humildad. Si me das humildad, no me quietes la dignidad. Ayúdame siempre a ver la otra cara de la medalla. No me dejes inculpar de traición a los demás por no pensar igual que yo. Enséñame a querer a la gente como a mí mismo y a no juzgarme como a los demás. No me dejes caer en el orgullo si triunfo, ni en la desesperación si fracaso. Más bien recuérdame que el fracaso es la experiencia que precede al triunfo. Enséñame que perdonar es un signo de grandeza y que la venganza es una señal de bajeza. Si me quitas el éxito, déjame fuerzas para aprender del fracaso. Si yo ofendiera a la gente, dame valor para disculparme y si la gente me ofende, dame valor para perdonar. ¡Señor…, si yo me olvido de ti, nunca te olvides de mí!

Hilario Tech                                                                         

Habacuc 1,12-2,3