Sábado 9 de marzo

 

El Señor le dijo: “Atiende todas las peticiones que te haga el pueblo. No te han rechazado a ti, sino a mí, pues no quieren que yo reine sobre ellos”.

1 Samuel 8,7

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Nahuel era el segundo hijo de la familia que por motivos laborales de-bían mudarse a otra provincia, pero justo cursaba el último año de la secundaria, por lo que la idea de dejar a sus amigos, su escuela, su ciudad no le agradaba para nada. Sabía que el último año de la escuela sería llevadero en lo académico, pero que habría mucha diversión con sus ami-gos y compañeros de curso, por lo que ese año se quedó a vivir sólo. Al devenir de los hechos, todo eso que pensaba se fue dando. Lo que no esperaba, es que la soledad también trae dolor y, si bien los padres muchas veces son gruñones, no se puede vivir sin la protección de ellos. Finalmente, ese año concluyó, y para Nahuel resultó ser un año muy duro.

De un modo parecido, el pueblo de Israel que desde la salida de Egipto había sido conducido por varios caudillos y jueces, y sabiendo que Dios siempre los había protegido y acompañado, a partir de ese momento no quisieron ser guiados por líderes religiosos, sino por líderes políticos. Vieron que a su alrededor había varios reyes, por lo que creían que ese era el modelo a seguir, como que lo de afuera es lo mejor. Y así, el pueblo de Israel, con Saúl, comenzó el período de los reyes, que, exceptuando a David, casi que no se conformaron con ninguno.

Tanto lo que pasó con el pueblo de Israel, al igual que lo que le pasó al jovencito de nuestra historia, es que siempre anhelamos arreglárnosla por nuestra cuenta. Y así, si nos va bien en nuestras cosas, es porque es mérito nuestro, pero si, en cambio, nos va mal es porque Dios no nos ha ayudado o nos ha abandonado. En realidad, Dios nunca se aleja de nosotros, y así nos lo prometió. Hay personas que tienden a alejarse de Dios con ese sentimiento de autosuficiencia.

Con estas experiencias, Dios te invita a que no te alejes de su camino. Seguramente en ese camino te encontrarás con personas con virtudes y defectos, como los tuyos y los míos, pero en el encuentro con el otro es que podemos ser parte del pueblo de Dios. Dale, te esperamos.

Rubén Mohr

1 Samuel 8,1-22