Sermón sobre Gálatas 5: 1. 13 -18, por Leonardo Schindler

Estimados hermanos y estimadas hermanas

¡Gracia y paz de parte de nuestro Señor Jesucristo, el que era, el que es y el que ha de venir!

La libertad es sin lugar a dudas una de las condiciones de vida humana más valorada en nuestras sociedades, o al menos es uno de los derechos más defendidos por las sociedades occidentales. La posibilidad de pensar y establecer autónomamente las normas de actuar como así también las regulaciones sociales es un bien defendido constantemente.

Quizás por eso llama la atención que Pablo se dirija a los cristianos de Galacia insistiéndoles en el hecho de que sean libres.

“Cristo nos dio libertad para que seamos libres. Por lo tanto manténganse ustedes firmes en esa libertad y no se sometan otra vez al yugo de la esclavitud” Gálatas 5:1

¿A cuál esclavitud se refiere el apóstol Pablo? A la esclavitud de la Ley.

Es que en el interior de la recientemente creada comunidad de los gálatas había personas que insistían en volver o aceptar de buen grado algunas de las prescripciones de la Ley Judía, entre ellas el rito de la circuncisión.

Por medio de este ritual los varones judíos eran marcados en su cuerpo a fin de destacar su condición de descendientes de Abraham. Por lo tanto se trataba de un ritual dador de identidad y pertenencia. De allí que no debe sorprendernos la fuerza que esa prescripción tenia, puesto que desde siempre y hasta el día de hoy los seres humanos andamos por el mundo tratando de sentirnos parte de algo, buscando algo que nos identifique, que nos aglutine, que nos haga sentir parte de un colectivo mayor y aceptados por él.

Pablo teme que la práctica de una de las obras de la Ley desemboque finalmente en un sometimiento a toda ella. Y él mejor que nadie sabe de cuán peligroso es volverse esclavo de la Ley creyendo que ella es capaz de justificar y salvar. Él sabe cuán seductor puede llegar a ser el marco regulatorio que da la Ley puesto que a su luz todo se define claramente: el que cumple es justo, el que no es un pecador. Pero también Pablo sabe cuán esclava puede volverse una persona de sus logros o de sus fracasos en su intento de ser aprobado /justificado por las obras de la Ley religiosas. Por eso insiste en que los cristianos no pierdan aquella libertad que han recibido por medio de Cristo.

Pero también insiste en que esa libertad no debe ser usada para cualquier cosa. Que nadie crea que la libertad respecto de las obras de la Ley significa automáticamente ausencia límite y permiso para hacer cualquier cosa…”Tengan cuidado porque si ustedes se muerden y se comen unos a otros, llegarán a destruirse entre ustedes mismos”.

Porque la libertad, estimados hermanos y estimadas hermanas, ese bien tan preciado que valoramos tanto es, como todas las cosas, ni buena ni mala en sí misma. Es cierto que no tener libertad y estar sujeto a un dominio externo que nos obligue sin poder decidir nada es agotador, y por ello la falta absoluta de libertad es un problema. Pero también es un problema la existencia de una libertad vaciada de sentido y dirección.

Hoy, en nuestras sociedades posmodernas el problema radica en la dirección hacia la cual está apuntada la libertad o quizás en el uso que se hace de la misma.

La sociedad de consumo necesita hacer desaparecer cualquier tipo de límite a fin de que todas las personas busquen comprar y descartar, en un permanente estado de alerta ante las nuevas necesidades y ofertas. Para ello exacerba el principio del placer por sobre el de la realidad. Lo importante es lo que quiero y no lo que es posible – lo que se puede hacer. En ese marco, las reglas se hacen difusas y desaparecen todos los límites. Todos deben ser libres a la hora de consumir.

Sin embargo esa misma sociedad que ofrece de todo y para todos, continúa siendo regulada por la famosa mano invisible del mercado que determina el número de aprobados y desaprobados.

El escritor Eduardo Galeano escribe en uno de sus libros:

“La publicidad manda consumir y la economía lo prohíbe. Las órdenes de consumo, obligatorias para todos pero imposibles para la mayoría, se traducen en invitaciones al delito…Este mundo, que ofrece el banquete a todos y cierra la puerta en las narices de tantos es, al mismo tiempo, igualador y desigual: igualador en las ideas y en las costumbres que impone, y desigual en las oportunidades que brinda” (Patas para arriba, curso básico de injusticia)

La mano invisible del mercado es a la vez una mano cobarde que tira la piedra y luego se esconde detrás del enorme cartel luminoso que afirma: “Tu puedes”.

La sociedad de mercado y de consumo esconde sus garras y afirma convincentemente que no existen restricciones a las posibilidades de hombres y mujeres porque “Todo está en vos”

Ahora cada persona es responsable de sus éxitos y también de sus fracasos. Las exigencias ya no vienen desde afuera sino que cada individuo las ha internalizado y lucha contra la mano invisible que siempre es más grande y más violenta. En realidad, cada individuo (ya aislado del conjunto) lucha contra si mismo en su afán de alcanzar aquellas metas que la sociedad de consumo promueve y para las cuales ha sido convencido sobre sus posibilidades. En notable como en las últimas décadas han aumentado las enfermedades relacionadas con las constantes presiones internas a las que muchas personas se ven sometidas cada día.

La libertad que ofrece la sociedad de mercado, de consumo y rendimiento es una libertad direccionada hacia el lado de la muerte, aunque sea presentada llena de vida. Es una libertad que no solo se deriva hacia conductas destructivas sino también auto destructivas. Es una opresión disfrazada de libertad: libertad para consumir; para alcanzar mayores rendimientos; libertad para servir al capital.

Por eso resulta tan pertinente y relevante el anuncio y la exhortación del Apóstol Pablo: Cristo nos dio libertad para que seamos libres…pero no usen esa libertad para dar rienda suelta a sus instintos. Más bien sírvanse los unos a los otros por amor” Gálatas 5:1. 12

Recuperar aquella libertad que nos viene del Señor a fin de hacer un uso humano y digno de ella. Y para ello es necesario volver a vincular la libertad ya no solo con nuestras posibilidades y nuestra naturaleza, sino más bien con la obra de Dios. Al convertir a la libertad en un bien puramente humano, hemos abandonado la raíz que ella tiene y la estamos usando para fines muy poco dignos.

Para Martín Lutero, la libertad cristiana es un regalo de Dios. En la Cruz, Cristo cargó con todas las cadenas y opresiones y nos liberó de todas ellas. La libertad es una gracia de Dios que nos es dada para poner al servicio de Dios y de su Reino. Ya no somos libres para vivir para nosotros mismos sino que hemos sido liberados para vivir para otros, servir a otros, servir a Dios en la construcción de su Reino. Es una libertad que a diferencia de la libertad del mercado no nos aísla como individuos, sino que nos convierte en parte de una comunidad. Es una libertad que genera satisfacciones y no solo exigencias, porque se trata de la libertad que nos lleva a dar de aquello que somos y no la exigencia disfrazada de libertad de construirnos a nosotros mismos cada día , adaptándonos a las exigencias del mercado. Es una libertad que nos viene de Dios y al mismo tiempo nos humaniza.

Estimados hermanos y estimadas hermanas, la Palabra de Dios nos anuncia que la libertad que nos hará libre de presiones y depresiones es aquella que se recibe de unir sin pretextos nuestra vida a la de Jesucristo. En esa unidad que conduce al seguimiento encontraremos Vida y vida en Abundancia.

Sin pretextos, unamos nuestras vidas a Jesús. Que así sea. Amén.

Fuente: http://www.predigten.uni-goettingen.de/predigt.php?id=6557&kennung=20160626es

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