Viernes 17 de marzo

 

 

Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que quedarme en tu casa.

Lucas 19,5

Zaqueo era petiso y no podía ver a Jesús. Por eso se subió a un árbol. Algo en su interior lo llevó a hacerlo. Es que este hombre estaba necesitado de Jesús.

Jesús no sólo lo vio trepado al árbol. Contempló también su necesidad. Fue en ese momento cuando el Señor le dijo esta frase maravillosa: “Hoy tengo que quedarme en tu casa.”

Llegó la salvación a ese hogar. El que no podía ver a Jesús, se convirtió.

Son tantas las cosas que no nos permiten ver a Jesús. Estamos demasiado enfrascados en nuestros intereses, ocupaciones y preocupaciones que nos cuesta elevarnos para mirar por encima de ellos.

Jesús lo sabe. Y también nos habla diciéndonos: “Hoy tengo que quedarme en tu casa.”

Necesitamos de la presencia del Señor en nuestros hogares para devolverles plenitud a nuestras vidas opacadas por las exigencias que nos imponen y las sobre exigencias que nos imponemos nosotros mismos.

Nuestro ritmo agitado hace que a menudo centremos nuestra mirada en nosotros mismos y nos transformemos en seres egoístas. Es lo que precisamente no nos permite ver la presencia del Señor en nuestras vidas.

Zaqueo, a partir de su encuentro con Jesús, hizo un cambio muy profundo. Él, acostumbrado a sacarles lo suyo a los demás, decide dar de lo suyo para el bien de los demás.

¿Y nosotros? ¿Estamos dispuestos a regalarnos un cambio de vida así?

Todo lo poco que soy, yo te lo ofrezco. Todo el vacío que soy, yo te lo ofrezco. Todo el tiempo que perdí, inútilmente, buscando gloria sin ti, yo te lo ofrezco. Todo el amor que manché con mi egoísmo, todo lo que pude ser y que no he sido. Lo que pude salvar y se ha perdido, lo pongo en tus manos inmensas pidiendo perdón. Amén. (Canto y Fe Nº 113)

Carlos Abel Brauer

Lucas 19,1-10