Viernes 21 de febrero

 

Se dice: “Uno es libre de hacer lo que quiera.” Es cierto, pero no todo conviene. Sí, uno es libre de hacer lo que quiera, pero no todo edifica la comunidad. No hay que buscar el bien de uno mismo, sino el bien de los demás.

1 Corintios 10,23-24

Una vez abolida en buena parte del mundo la esclavitud, prácticamente no debería haber problemas con la aceptación de un concepto de libertad válido para toda la humanidad. De hecho, la libertad parece ser el único valor sobre el que todos podemos ponernos de acuerdo. Pero la exigencia de libertad total está llevando a muchos a hacer valer solo los objetivos personales. Dan por sentado que su libertad significa hacer lo que quieren. Sostienen que cada cual es libre de poder disponer como quiera de su cuerpo, su dinero, su vida, independientemente de los demás, y como única norma válida el máximo placer personal.

Esto no toma en cuenta que cada libertad encuentra sus límites allí donde comienza la libertad de los demás. Sin esta reciprocidad, la coexistencia es imposible. Así la libertad personal degenera en tiranía y se impone la ley del más brutal. Un tipo hábil se aprovecha de indocumentados para hacerlos trabajar “en negro”, total, no pueden exigir nada.  El aborto disfrazado de “derecho humano” es exigido a gritos para ser usado luego como método de control de natalidad. Los herederos se apresuran a autorizar la eutanasia del abuelo allí donde algún artículo de la legislación se lo permite. Es la ley de la jungla, donde el bicho más fuerte liquida al débil e indefenso.

Estamos sufriendo el choque terrible entre tantas pretensiones de libertad absoluta y egoísta. Se aniquila la convivencia que puede cohesionar a una sociedad y surgen formas modernas de esclavitud, esclavitud del pecado. De esta esclavitud solo nos libera el Señor, no para que cada cual haga lo que se le antoje y lo que le dé un máximo de placer personal, sino para amar al prójimo. Así podemos usar la libertad en Cristo para crecer en comunidad, no buscando meramente lo nuestro, sino el bien de los demás.

René Krüger

1 Corintios 10,23–11,1

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