Viernes 23 de febrero

 

 

El Dios eterno es un refugio; eternos son sus brazos. Arroja ante ti su enemigo y te dice: acaba con él.

Deuteronomio 33,27

Hay en mi persona cierta resistencia a predicar, reflexionar o utilizar el Antiguo Testamento como referencia. Es un libro lleno de crueldades, guerras, matanzas en pos de conquistar los territorios y todo en nombre de Dios, y de ser el pueblo elegido, por tanto, mejor que el resto.

Me recuerda mucho a la conquista de América por parte de los cristianos: el avasallamiento, el despojo, la muerte, la violación, el genocidio y tantas barbaridades, también en nombre de Dios, peor aún, en nombre del Dios de amor. ¡Cuánta guerra y cuánta cruzada en nombre del Dios de amor, llevadas adelante por la insaciable avaricia de los poderosos! Campañas todas llevadas adelante en completa convicción de que Dios estaba bendiciendo esas acciones, bendiciones que a lo largo del Antiguo Testamento están escritas sin duda.

¿Palabra de Dios?¿Palabra escrita por inspiración de Dios? ¿Palabra escrita en tiempo político para justificar los atropellos y que la tradición se encargó de poner en boca de Dios?

Cualquiera sea la opción, sigue posibilitando y justificando al mundo en que vivimos ejercer la violencia entre personas, pueblos y razas a punto de hacerlos desaparecer. Todos piden al mismo Dios bendiga sus armas para la guerra justa, como si la hubiese, y como si fuera generadora de paz.

Quiero diferenciarme de esa propuesta puesta en boca de Dios y buscar aquellas directrices para la vida que nacen tan sólo de la boca de Jesús cuando enumera las bienaventuranzas y habla de  la justicia y el amor entre nosotros, incluso a los enemigos, desconociendo así la violencia en el pasado, en el presente y en el futuro, especialmente la que se ejerce en nombre de dios (sí, escrito con minúsculas adrede).

Norberto Rasch

Deuteronomio 33,1-5.26-29