Viernes 27 de septiembre

 

–“Señor ¿cuántas veces deberé perdonar a mi hermano, si me hace algo malo? ¿Hasta siete?”

–“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”.

Mateo 18,21 y 29

Los ejes centrales del pasaje de hoy son el perdón, la paciencia e implícitamente, la compasión. Al leerlo me hizo recordar las innumerables veces que medié en los problemas de convivencia de mis alumnos, donde al final les hacía pedir perdón y abrazarse. ¡Qué momentos! El “perdón” era tan bajo que no se lo podía oír, y el abrazo tan frío que apenas llegaban las yemas de los dedos al antebrazo del compañero. Sin duda es el momento más complejo, la discordia fluye antes que el perdón. Y esta actitud también la tenemos los adultos. Eso lo sabía Jesús.

Tener paciencia y perdonar, se suele decir, es una acción divina. Sin embargo, nuestra forma humana de ser, lo puede lograr a través del contacto continuo con Dios. Cultivar los pensamientos positivos, alejarse del murmullo interior que no nos permite avanzar y nos envenena el alma, ser compasivos, lo logramos si nos mantenemos en oración, para que Dios nos envíe su Espíritu Santo, que nos ayudará a ser pacientes y compasivos.

El acto del perdón es lograr vivir sin la carga de la culpa o de la ofensa que vivimos. Esto implica tener paciencia y abrirnos para que Dios sane nuestras heridas. El perdón es un gran acto de amor.

No poder perdonar significa vivir en un constante rencor, sentimiento que corroe nuestra alma, nos enferma y nos aleja de lo bueno, nos borra la paz y la alegría.

Dios paciente y compasivo, nos acercamos a ti para rogarte por nuestros errores cotidianos, por las ofensas a nuestros hermanos, por nuestra falta de valores y por ser débiles en la fe. Regálanos un corazón y una mente abiertos, para que podamos recibir y dar el perdón que tú nos diste primero, gratuitamente. Amén.

Inés Schmidt

Mateo 18,21-35