Por eso procuramos agradar siempre al Señor, ya sea que sigamos viviendo aquí o que tengamos que irnos. Porque todos tenemos que presentarnos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba lo que le corresponda, según lo bueno o lo malo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo.
2 Corintios 5,9-10

En ocasiones, nos encontramos con un dilema aparentemente insuperable: ¿Dónde reside la justicia divina cuando personas de buen corazón, devotas y fieles al Señor, se ven arrebatadas de este mundo debido a enfermedades terminales o trágicos accidentes, mientras que aquellos con intenciones cuestionables y una reputación sombría disfrutan de una vida prolongada y aparentemente placentera? Este interrogante nos asalta y nos llena de desconcierto, pero debemos recordar que nuestra perspectiva humana es limitada.
Anhelamos una justicia terrenal, deseamos ver el juicio inmediato y palpable de Dios, separando el trigo de la cizaña. Sin embargo, como nos enseñó Jesús en la parábola de la mala hierba entre el trigo (Mateo 13,24-30), el Señor actúa con paciencia y sabiduría divina. Él comprende que al arrancar la mala hierba prematuramente, también se podría dañar el trigo.
Dios, como el sabio patrón en la parábola, espera el momento adecuado. En su tiempo, separará lo que es dañino de lo que es valioso a sus ojos. Incluso aquellos que parecen espinos, con un corazón de piedra, tienen la oportunidad de recapacitar y entregar sus vidas al Señor antes de la cosecha final.
Confiamos en que la justicia divina prevalecerá, aunque no siempre podamos comprender su plan completo. Sigamos confiando en el amor y la sabiduría de nuestro Señor, y oremos para que todos los corazones encuentren su camino hacia la gracia y la redención. Amén.

Dario Dorsch

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