5 de abril, domingo de Ramos

Cuando Jesús entró en Jerusalén, toda la ciudad se alborotó, y muchos preguntaban: “¿Quién es éste?”

Mateo 21,10

Hoy, Señor, se me entrecruzan dos sentimientos bien diferentes: por un lado, la alegría de recibirte en el inicio de la Semana Santa y, por otro, la visión que tenemos: lo que al final te espera es la pasión.
Te recibimos con palmas los mismos que, en unos días más gritaremos: ¡Crucifícale! ¡Crucifícale!

Sí, Señor, la vida está sembrada de contradicciones. Marcada por adhesiones y deserciones, por fidelidades e infidelidades.

Y hoy, en el Domingo de Ramos, nos damos cuenta de que ciertamente, la Pasión, sólo la puede afrontar alguien como vos.

Por eso a veces estoy desconcertado. Y también me pregunto: ¿quién eres? Transitas el camino de la sencillez. Me confundes un poco cuando de una forma casi provocadora, inicias un viaje feliz a Jerusalén, con un final triste: con un amigo usurero, de la mano de otro que te niega y, sentándote con algunos más, que te abandonan en las horas de más angustia y de soledad.

Hoy nos hablas para los que tenemos fragilidad e incoherencia: hoy decimos que sí, pero mañana diremos que no. Por ello mismo te clamo: ayuda a la iglesia a recuperar la fuerza para seguir caminando con ilusión, convencimiento y fortaleza hacia la mañana de resurrección. Siendo consciente de que, por medio, está la cruz, la persecución, las traiciones desde dentro de casa, la tibieza de algunos de sus miembros y la incomprensión de otros tantos que le aplauden y enseguida lo apedrean. Ayúdame Señor, a buscar la luz que me permita comprender tu entrega y tu bondad. A recuperar la salud frente a nuestra enfermedad, física, espiritual o corporal. A caminar hacia la libertad que nos ofreces, tomando conciencia de la esclavitud que nos inmoviliza. A no escapar de la cruz cuando llegue, y saber que Tú nos ayudas a llevarla.

Transforma Señor, nuestra vida para así llegar a la Pascua con espíritu renovado. Amén.

Mario Bernhardt