Domingo 10 de septiembre

 

 

14° domingo después de Pentecostés, 23° en el año

No tengan deudas con nadie, aparte de la deuda de amor que tienen unos con otros; pues el que ama a su prójimo ya ha cumplido todo lo que la ley ordena.

Romanos 13,8

No contraer deudas es, por cierto, un sabio consejo del Apóstol Pablo. Recuerdo las penurias pasadas otrora por algunos campesinos que, en su afán de crecer, habían caído en la trampa de la propaganda bancaria y habían tomado créditos, que luego por cosechas fallidas no podían pagar. Pero el apóstol no se refiere solamente a este tipo de deudas comerciales. También las hay de tipo moral o espiritual. Por ejemplo, favores que no devolvemos, promesas que no cumplimos, una mano que no damos en el momento oportuno etcétera son cosas que nos endeudan. En la medida de lo posible es bueno saldar las deudas a tiempo, antes de que nos “pasen la factura”. Pero,-dice el Apóstol Pablo- hay una deuda que la tendremos siempre, que no se termina de amortizar nunca: es el amor que le debemos a nuestro prójimo. Nunca será suficiente lo que podamos hacer por nuestros semejantes. Siempre se presentará una nueva situación en la que podemos y debemos actuar a favor del otro. El que tiene amor para con el prójimo nunca le hará un daño. Por ello, las indicaciones del Decálogo ya no pesarán, se cumplen todas casi de solo, automáticamente. Para pagar deudas, sin embargo, se necesitan recursos. Entonces, ¿de dónde sacamos tanto amor para brindar sin fin a nuestros semejantes? Podemos mantener esta deuda eterna de amor hacia nuestro prójimo sólo porque el Señor nos lo provee, cual fuente inagotable, a diario y en abundancia.

Federico H. Schäfer

Salmo 149; Éxodo 12,1-4; Romanos 13,8-14; Mateo 18,15-20; Agenda Evangélica: Marcos 3,31–35