Domingo 11 de noviembre

 

25º domingo después de Pentecostés, 32º en el año

En su enseñanza Jesús les decía: ‘Cuídense de los escribas. Porque les gusta pasearse con ropas largas, y les encanta que los saluden en las plazas, y sentarse en las primeras sillas de las sinagogas, y ocupar los mejores asientos en las cenas’.

Marcos 12,38-39

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Nos movemos en un mundo de convencionalismos, formalidades, modas y apariencias. La vida social de “alto nivel” requiere de reglamentaciones aplicadas a las reglas de cortesía y los protocolos ceremoniales. En las iglesias también contamos con reglamentaciones porque de lo contrario todo sería un caos.

Pero cuando ciertos formalismos se convierten en autoritarismos se produce discriminación. Y la discriminación suele afectar a los más pobres, así como lo dice Jesús en el v. 40: además, se apoderan de los bienes de las viudas…  Encima de ello, si la discriminación está justificada religiosamente, la fractura  social se hace aún mayor; también Jesús lo expresó con estas palabras: y luego fingen hacer largas oraciones. (v. 40 b).

El autoritarismo puede anidar en cualquier sector social o religioso. Tiene el germen del autoritarismo una persona arrogante que “necesita” adulación permanente para sentir que es alguien reconocido por los demás. Los ámbitos de la política y de los medios de comunicación se prestan de maravillas para caer en este riesgo. Pero también los líderes religiosos están expuestos a esta tentación, ya que una organización religiosa funciona en buena medida, para bien o para mal, por la conducción y conducta de sus máximos referentes.

Jesús nos pone en guardia contra esas trampas en las cuales podemos caer, perdiendo así credibilidad, confianza y verdadera autoridad. Esto vale tanto para la estricta vida personal como para la iglesia y otros sectores sociales.

Álvaro Michelin Salomon

Salmo 146,7-10; 1 Reyes 17,10-16; Hebreos 9,24-28; Marcos 12,37-44; Agenda Evangélica: Job 14,1-6