Domingo 12 de febrero

 

 

6º domingo después de Epifanía, Septuagésima

En este día pongo al cielo y a la tierra por testigos contra ustedes, de que les he dado a elegir entre la vida y la muerte, y entre la bendición y la maldición. Escojan pues, la vida, para que vivan ustedes y sus descendientes.

Deuteronomio 30,19

Algunos argumentos de historias de ficción presentan a un científico que desarrolla un instrumento de destrucción masiva y se propone utilizarlo para eliminar la humanidad. Este personaje basa su decisión en lo perverso de la raza humana o en que quiere evitarle el sufrimiento mediante su rápido aniquilamiento.

Lo inquietante es que son argumentos que no carecen de cierta lógica. De hecho, a menudo el pesimismo no es del todo disparatado, y cuando estamos deprimidos es difícil que haya argumentos que nos saquen la sensación de que todo es gris y cansador. Pero gracias a la oración, al acompañamiento o a algún otro misterioso mecanismo, las ganas de vivir siempre pueden volver.

El versículo de Deuteronomio nos presenta la cuestión como una elección. Ante los sentimientos y teorías destructivas debemos elegir la vida y también respetar a quien elige la vida. Pienso en los animales de criaderos; por ejemplo, en los pollos que nacen en una máquina se les quema la punta del pico para que no se lastimen entre ellos y pasan toda su vida en una jaula. Si soportan tales condiciones es porque tienen esas ganas de vivir así y todo, propias de los animales y de los humanos, que están para ser respetadas y no para sacarles provecho económico.

Tomás Tetzlaff

 

Salmo 119,1-8; Deuteronomio 30,15-20; 1 Corintios 3,1-9; Mateo 5,21-37; Agenda Evangélica: Lucas 17,7–10