Domingo 14 de octubre

 

21º domingo después de Pentecostés, 28º en el año

Tú, Señor, eres mi luz; tú, Dios mío, alumbras mi oscuridad.

2 Samuel 22,29

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Encender una luz, por más pequeña que ésta sea, en medio de la oscuridad hace una diferencia enorme. La luz es una forma de energía, que por un proceso de radiación permite que nosotros podamos ver y distinguir cosas y colores. Hay un principio óptico que se produce en nuestra retina que realiza una impresión de la luz que refleja un objeto.

La luz siempre tendrá un efecto sobre la oscuridad. La oscuridad no es otra cosa que la ausencia de luz; cuando hay luz, por más insignificante que ella sea, rompe con la oscuridad.

La oscuridad está relacionada en lo social, cultural y humano con algo malo, con aquello que no se deja ver, con lo maligno. Por la ausencia de la luz la oscuridad nos paraliza, por el temor a tropezarnos o a golpearnos con aquello que no está iluminado.

Pero aunque nuestros ojos tengan la capacidad de imprimir la luz reflejada por un objeto, hay cosas o situaciones que no vemos o nos cuesta ver, que no son objetos. Porque nuestra vida no está construida solamente de cosas materiales.

Hay gestos que muchas veces no son vistos, o situaciones de nuestra vida muchas veces escondidas en la más profunda oscuridad. Maltratos y humillaciones que se esconden y personas que se encuentran en la oscuridad tan profunda que no alcanzan a recibir la luz, o han perdido la esperanza de encontrar esa luz que los anime a salir de la penumbra.

Allí se anuncia a Dios por medio de Cristo como la luz de la vida. Luz que absorbemos  para hacernos visibles en actos de amor y solidaridad; sirviendo como aquellos que también tienen el poder de reflejar y refractar esa luz, invitándonos y reafirmándonos como luz del mundo, para muchos y muchas que están hoy en la oscuridad.

Que Dios ilumine tu vida, que Dios te ayude a disipar las sombras de tu vida y pueda él traerte justicia y paz.

Carlos Kozel

Salmo 90,12-17; 2 Samuel 22,21-29; Hebreos 4,12-13; Marcos 10,17-31; Agenda Evangélica: 1 Corintios 7,29–31