Domingo 15 de abril

 

 

3º domingo de Pascua, Misericordias Domini   

Ya sé hermanos, que cuando ustedes y sus jefes mataron a Jesús, lo hicieron sin saber en realidad lo que estaban haciendo.

Hechos 3,16

En tiempos en los que todavía se siente en nuestras sociedades latinoamericanas la discusión sobre el juicio, el castigo, la verdad, la justicia en relación a lo vivido durante las dictaduras militares de los años 70 y 80 del siglo pasado, pueden resultar chocantes estas palabras de Pedro. En algunos oídos pueden sonar a una búsqueda de reconciliación forzada, basada en la disminución de la gravedad de un hecho absolutamente atroz como la condena, tortura y muerte. Juicio y castigo a los culpables, es lo que se pide hoy, y lo que no tenían posibilidades de pedir entonces. Este discurso de Pedro que, al tiempo que exalta la figura de Jesús como aquel que llevó al paralítico de su inmovilidad a su autovalidez, y a nosotros de la muerte a la vida (vs.15), considere ignorancia a la motivación que llevó a su asesinato, puede resultar chocante, por lo menos en una primera lectura. 

Sin embargo, en lo más profundo, toda búsqueda de destrucción, de negación de la paz, de avasallamiento del otro, es una forma de ignorancia. Cuando Jesús llora al ver a Jerusalén que lo espera para matarlo, se compadece de ella por su ignorancia: si tan siquiera hoy entendieras lo que puede darte la paz. Pero ahora eso te está escondido y no puedes verlo (Lucas 19,42).

A veces el mundo llama inteligente a quien se impone, destruye, se aprovecha de otros, de la naturaleza, se vuelve dueño, y sin embargo no logra retener la vida ni vivirla en paz. La sabiduría es mucho más que una habilidad humana y la maldad ejercida a otros; es, sin duda, una forma de ignorancia.

Oscar Geymonat

Salmo 4,1.6.8; Hechos 3,12-21; 1 Juan 2,1-6; Lucas 24,35-53; Agenda Evangélica: 1 Pedro 5,1–4